Crónica
Cartas desde la ilusión
Querido amigo:
Hoy, con la tranquilidad instalada
en el quehacer diario, sin el estrés normal de la atención a los
alumnos en el aula, te invito a reflexionar sobre un grave problema
que, a mi entender, está altamente vigente en nuestro sistema
educativo, aunque más bien oculto, porque es muy escaso el interés
por abordarlo desde cualquier instancia: me refiero al problema de
la confusión que se oculta tras la práctica demagógica en
educación.
En efecto, creo que es la práctica
educativa un ámbito en el que se facilita la demagogia, la palabra
bonita, el quedar bien, y un sinnúmero de expresiones que ocultan
una realidad palmaria, como es el fracaso escolar (eso quiere decir
que fracasan tanto los estudiantes como los profesores, por más que
los profesores siempre carguemos la balanza del lado negativo de
nuestros alumnos), que, a su vez, se sostiene tras una "cortina de
humo" y que, en su momento, se resuelve en la defensa de los
profesores y, en otro momento, se resuelve en la defensa de los
alumnos, según la conveniencia en cada caso y coyuntura.
Yo diría, pues, que el sistema
educativo actual que padecemos (desgraciadamente) es un "océano de
anomalías" y un "mar de confusiones".
A mi modo de ver, es esta situación
la que genera una incapacidad, que podríamos calificar como
estructural, para abordar de una manera eficiente el problema de la
calidad educativa.
Estamos asistiendo, como sabes, a
una polémica más, en este caso acerca de la concesión de becas a
los estudiantes universitarios, como indicador de la calidad del
aprendizaje de los alumnos. Parece como si todos los problemas se
resolviesen con un número que expresa la calificación de los
estudiantes. Pero los que no creemos en la bondad del sistema de
evaluación y calificación de nuestros alumnos, actualmente,
pensamos que la solución no está en conseguir una puntuación u otra
en el examen final de las asignaturas. Y esto es válido tanto para
la enseñanza universitaria como para la docencia
no-universitaria.
Durante todo este año hemos
reflexionado acerca de la calidad de la evaluación (bajo la
perspectiva de la Evaluación para el Aprendizaje - EpA), pero queda
claro que nuestras reflexiones y nuestras propuestas no han
quedado, ni quedarán, materializadas en las nuevas líneas de
actuación que se trazan en las nuevas leyes educativas que tratan
de reformar y actualizar el sistema. Y es que, a mi entender,
parece que se prefiere mantener la confusión antes que clarificar
los criterios y actitudes que hayan de guiar la actividad educadora
para conseguir elevar la calidad del proceso de
enseñanza/aprendizaje y, a su vez, eliminar el cúmulo de
confusiones que nos atenazan de una manera tan solapada como
contundente.
Si la discusión sobre la calidad
educativa sigue girando en torno a la consecución de una puntuación
determinada (o mínima), continuaremos dando "palos de ciego" y
cayendo en propuestas más o menos demagógicas que mantendrán, e
incluso extenderán, la confusión que nos atenaza y, en definitiva,
llega a asfixiarnos.
Recuerda que, en mi carta anterior,
yo sugería que "matemos" la escuela tal como está diseñada y tal
como funciona actualmente. Creo que es el camino. Para eso no
necesitamos ningún "redentor" del sistema educativo (sea ministro,
sea visionario, sea ideólogo…). Lo que necesitamos es comenzar
todos a poner los pies en la tierra (y que nos dejen), eliminando
cantidad de aspectos obsoletos y obstaculizadores de la auténtica
acción educativa, y dando importancia a aquello que realmente lo
tiene y que tiene que regir el futuro de la educación: la persona
(tanto alumnos como profesores). Es necesario ya un cambio de
orientación que nos permita dejar de estar centrados en los
contenidos y en los libros de texto para fijarnos y mantener
nuestro interés, por encima de todo, en las personas. Pero esto,
¡sin demagogia!
Hasta la próxima, como siempre,
salud y felicidad.