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Director Fundador: João Ruivo Director: João Carrega Ano XXIII Nº271  Setembro 2020
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Opinião

crónica salamanca
Fetichismos en la Universidad

Hernandez DiazLos objetos de culto en muchas sociedades primitivas, los ídolos de las sociedades precientíficas, los rituales y mitos de todas las culturas han adoptado diferentes denominaciones para identificar un concepto o asunto casi inexplicable, y que genera miedo o respeto. Una de las expresiones más universales es la del fetiche, objeto, persona o idea merecedora de respeto, miedo y adoración a veces. Cuando es un fenómeno más generalizado tiende a hablarse de fetichismo.

Sigmund Freud contribuyó de forma especial, hace ahora un siglo, a difundir la importancia del impacto que los fetiches generan en nuestra personalidad, en el subconsciente principalmente. El psicoanálisis tuvo su época de gloria, pero más tarde muchas de sus aportaciones, y ésta no es menor, continúan siendo útiles para la explicación de muchas conductas de individuos, instituciones y sociedades, en suma para la psicología de nuestro tiempo.

Aunque pudiera parecer contradictorio, dentro de los espacios de la razón y la ciencia, como son los centros de educación superior por antonomasia, existen en la actual cultura académica universitaria algunos fetiches que a muchos les parecen incuestionables. De tanto tenerlos encima, y a cada instante, tales ideas, representaciones, métodos de trabajo o instrumentos didácticos, se convierten en algo casi "natural" e intocable de la tarea universitaria, cuando en realidad son una imposición histórica externa, una creación interesada, propia de una cultura tecnológica más que discutible, y de un formato competitivo que lo es aún mucho más, pero que se ha ido colando en nuestras vidas cotidianas de la educación superior. Son los nuevos códigos de conducta a los que todo profesor universitario, y a continuación los alumnos, debemos servir pleitesía, al parecer. Pongamos algunos ejemplos concretos, para de esa forma reflexionar constructivamente.

Las TICS, o tecnologías de la información y la comunicación social, con preferencia el uso de Internet y elementos complementarios, parecen haberse constituido para algunos en el único y excluyente nuevo dios de las formas de enseñanza en la universidad. Y no es ni debe ser así. Nadie va a negar ahora la importancia y el interés pedagógico que encierran, y la conveniencia de su utilización, cuando corresponda, y seguramente con mucha frecuencia. Pero de ahí a pensar en una especie de monoteísmo excluyente, es decir, en que es la única vía, hay un enorme trecho.

En las formas de transmitir el conocimiento, y en los procesos de formación de estudiantes de educación superior no debe excluirse nada, ni tampoco aceptar algo de forma dogmática y excluyente. No queremos fetichismos de Power Point, por ejemplo, que lo único que hacen en ocasiones es ocultar la debilidad de las formas de expresión y comunicación de quien interviene en público. O pensar que una determinada plataforma (moodle, por ejemplo) es el único camino a utilizar. No queremos, ni deseamos, ni recomendamos nuevos fetiches tecnológicos, aunque aceptamos con gusto todos los nuevos elementos, las innovaciones tecnológicas que se adapten a nuestra formar de concebir la docencia universitaria.

Las competencias. He ahí la palabra mágica que parece tapar la boca a quien no maneje esa jerga y no utilice la mecánica taylorista del trabajo docente, siguiendo las pautas de la mecánica industrial, de sus tiempos y exigencias productivas. Esa parece resultar ser la gran innovación del llamado plan Bolonia, si entendiéramos por el mismo su reducción a este tipo de prácticas aberrantes, desde luego desde el punto de vista pedagógico más profundo y radical. Los fieles defensores de tales competencias en la adquisición de aprendizajes (al parecer, ahora el aprendizaje del alumnos no se comprueba que es real, que sabe , si no se traduce en competencias cuantificables, mensurables). ¡Solemne tontería! ¡Y creíamos que habíamos abandonado hace años las fantasiosas taxonomías de Bloom! La necedad intelectual no tiene límites, y parece que todos debemos pasar en nuestra docencia por el cedazo de las competencias. Esperemos que la fiebre dure una gripe, y cuanto más corta mejor.

Otra cosa diferente es que algunos docentes deban bajarse de los cielos teóricos, y con frecuencia desordenados, y no sean capaces de traducir de manera más concreta qué es lo que un estudiante debe aprender para saber, y sobre todo para formarse mejor. Porque el reduccionismo formalista al cumplimiento de algunas exigencias visibles, evidenciables, a veces nada tiene que ver con el aprendizaje logrado por un alumno. Pero, al contrario, las exigencias generalistas, vacías e inconcretas de algunos docentes pueden conducir a la arbitrariedad en la valoración del aprendizaje, y a veces al incumplimiento de los mínimos de orden que requiere un proceso de enseñanza y aprendizaje.

Hay otros muchos asuntos fetichistas, por ejemplo, la acreditación y lo que genera. Pero de ello hablaremos en otra ocasión. ¡Sobran muchos y nuevos fetichismos docentes en la universidad! Y se precisan criterios y racionalidad en la tarea del profesor, que sigue siendo la clave del éxito en una institución de educación superior.

 
 
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